lunes, 13 de abril de 2015

Alemania y sus demonios

A inicios de mes, un artículo de opinión en el diario El País llamó mi atención. Lo firmaba Fernando Aramburu y se titulaba Alemania, una lección de humildad y estaba dedicado a la prepotencia alemana, una sociedad que en base a su poderío económico en Europa pareciera que se acostumbró a mirar por arriba del hombro a sus vecinos menos afortunados y juzga sin contemplaciones las políticas de otros. Alemania es como la ama de casa perfecta. La que tiene un marido banquero, sale a hacer las compras en su Mercedes del año, siempre está impecable y mira con desprecio a la vecina clase media, media baja, con problemas económicos y que conduce un auto destartalado.

Sobre esa Alemania, Fernando Aramburu escribe: “Y toda la incesante riolada de sangre e infortunios, con sus imágenes correspondientes (seguidas del deporte y el tiempo para mañana), tienen un denominador común. Todos esos hechos atroces suceden lejos, afectan a otros, lo cual, repetido desde hace años, fomenta en la ciudadanía local el convencimiento no poco chovinista de que en su país se hacen las cosas bien, todo funciona, las soluciones preceden a los problemas, etcétera”. Imagino que así logran olvidar que uno de los más grandes asesinos de la historia, Adolf Hitler, salió de sus entrañas.


Pero mientras todo iba de maravillas en la primera economía de Europa y uno de las más sólidas del mundo, en la mente de un alemán de 27 años se fraguaba un plan nefasto. Las ideas suicidas rondaban su perturbada mente y sus deseos de ser conocido estaban próximos a hacerse realidad en una mezcla de tragedia y sinsentidos. Es posible que mientras revisaba en su computador personal formas de suicidarse, el noticiero de su país narrara las vicisitudes griegas o las corruptelas españolas.
A las 9:55 de la mañana del 24 de marzo despegó del aeropuerto El Prat de Barcelona el vuelo 9525 de Germanwings, la filial de bajo costo de uno de los orgullos alemanes, Lufthansa. El vuelo debía llegar al aeropuerto Internacional de Düsseldorf, en Alemania; pero antes de la mitad del recorrido el Airbus A320-211 se estrelló en los Alpes franceses de Provenza. “Y entonces ocurrió el desastre. Un avión de Germanwings, filial de Lufthansa (uno de los diamantes de la marca Alemania), se estrelló contra una ladera de los Alpes y, en las primeras horas después del luctuoso suceso, poco le faltó a algún locutor para echarles la culpa a los montes. De un plumazo habían fallecido 150 personas, entre ellas un nutrido grupo de adolescentes y dos bebés”, dice Aramburu. Sobre la prepotencia alemana, continúa. “Poco a poco se iría restableciendo la normalidad. Alemania estudiaría las medidas oportunas para evitar riesgos similares en el futuro y la UE, en colaboración con los organismos aeronáuticos competentes, promulgaría nuevas normas de pilotaje.”

Pero según las chismosas cajas negras, no fueron los montes los que se atravesaron. Al parecer, el copiloto, el alemán Andreas Lubitz, estrelló con premeditación la aeronave contra las montañas y acabó no solo con su existencia sino con la vida de otras 149 personas que confiaron en el sistema y pusieron sus vidas en manos de alguien que en teoría debía llevarlos a su destino a salvo. Así, Alemania volvía a ser noticia, pero no teniendo como imagen a una impenetrable Angela Merkel hablando de tramos de ayuda financiera para sus vecinos menos afortunados. La imagen era ahora de investigadores descubriendo informes médicos en casa de una persona que al parecer ese día no debía volar y que como se desprende de las pesquisas, quizá nunca debió hacerlo.

Y es que siempre, la vecina engreída que mira a la otra de reojo, suele tener un secreto, un guardao o una herida abierta que intenta ocultar. “Hay unas imágenes de televisión que muestran al alcalde de Haltern mientras escribe unas líneas en un libro de condolencias. Al terminar, un periodista lo pone al corriente del resultado reciente de las pesquisas. Ha sido el copiloto, fulanito de tal, que adolecía de estos y los otros trastornos psíquicos, tenía problemas de visión y mucho miedo a perder el puesto de trabajo. La cara del alcalde se demuda. Sus palabras son de enojo, incluso de rabia, en cualquier caso de impotencia”, escribe Fernando Aramburu.

Y así, Alemania volvía a cambiar al mundo, por lo menos al aeronáutico. Muchas aerolíneas europeas, sin una norma comunitaria sobre el tema aún, han adoptado el principio que rige en Estados Unidos y la cabina de los vuelos comerciales nunca debe quedar con una sola persona. Así que no crean que Alemania solo tiene diamantes, también tiene demonios que cuando se sueltan rememoran el infierno.


@GonzalezGDaniel

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