domingo, 22 de marzo de 2015

Receta para destruir a un país

Ingredientes

Para destruir a un país usted necesitará básicamente de:

Un par de resentidos sociales con aspiraciones políticas
Algunos millones de ciudadanos dispuestos a ser instrumentos ciegos de su destrucción
Otros millones de ciudadanos que piensen que “eso nunca va a pasar”
Una oposición incoherente
Un tejido institucional pobre
Un sistema político “culpable” de todos los males
Una empresa petrolera
Un Banco Central servil
Un control de cambio
Un control de precios
Un imperio


Preparación

Tome al par de resentidos sociales y hágalos aparecer en escena. Una intentona golpista suele funcionar muy bien. Haga que culpen de todos los males del país (corrupción, pobreza, inseguridad, etc.) a un sistema político que generalmente es viejo y donde caso siempre han figurado dos partidos políticos (AD y Copei, o PP y PSOE). Los resentidos deben construir un discurso que colonice las mentes de unos cuantos millones de ciudadanos que gracias a su descontento son incapaces de tomar decisiones políticas racionales e ir a elecciones con las instituciones hijas de los sistemas corruptos que tanto critican.
Una vez electos los resentidos estos deben iniciar el proceso de destrucción de la vieja institucionalidad y la sustitución por un nuevo esquema favorable a los intereses de la nueva clase política gobernante. Así se erige un tejido institucional pobre que sirve de soporte y fachada de gobiernos tira la piedra y esconde la mano. Nacen los tribunales de justicia cómplices, los organismos electorales gobierneros y los defensores de puestos.
Para destruir un país usted necesitará, también, de una oposición nada coordinada y a veces chapucera, que por ejemplo, decida no presentarse a algunas elecciones –parlamentarias, preferiblemente- y esto haga que las fuerzas democráticas pierdan espacios claves. Ante la ausencia de una oposición coherente, el gobierno forajido no tiene inconveniente para consolidar el tejido institucional que lo sustenta y nombra a su antojo y sin oposición a los jefes de organismos que deberían servir de contrapeso.
Si cuenta con una empresa petrolera usted debe usarla también para la destrucción. Esto lo puede hacer de varias formas. Lo más usual es destruir la meritocracia de la empresa y convertirla en la caja chica del gobierno, a través de la cual, dará migajas a los descontentos sempiternos, mientras los burócratas llenan sus cuentas en paraísos fiscales. También regale petróleo y cree alianzas a costas del petróleo ajeno, porque suyo no es. Esto le generará solidaridades automáticas y siéntese a violar derechos humanos como si nada. Aquellos a quienes usted les regala petróleo jamás alzaran la voz para criticarlo o llevarlo al banquillo de los acusados.
Un país no puede destruirse sin convertir a la economía en una mesa sin patas. Para lograr esto usted deberá controlar al banco central y hacer que le imprima dinero sin respaldo. No puede destruir bien un país sin controlar el tipo de cambio y los precios en la economía. Mientras todo esto ocurre, no olvide tener a la mano a unos cuantos ciudadanos opositores que bajo el lema “eso nunca va a pasar” o “esto no es –inserte aquí el país de su preferencia-“ se van de vacaciones mientras usted “ajusta” el tipo de cambio, mete presos a líderes de la oposición o dice que la inflación está en el cielo por culpa de la especulación, los contrabandistas y los bachaqueros.
Y si tiene previsto irse para el más allá, deje a sus seguidores claras instrucciones por votar de entre lo malo por lo peor. Revuelva bien y deje cocinar eso en un discurso encendido de odio a unos 350° F y nunca deje de aderezar culpando a cualquier imperio por las “guerras económicas” y por todo lo que usted no haga bien. Sáquelo del horno, no lo deje enfriar y al cabo de unos cuantos años tendrá al país con la inflación más alta del mundo, en recesión, con colas por doquier y sin esperanza de cambio. 

Daniel González González
@GonzalezGDaniel

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