lunes, 2 de febrero de 2015

El aeropuerto del adiós y mis sobrinos

Se llaman Daniela y Gabriel y son el mejor regalo de la vida, del universo. Son, entre pocos, los cariños más sinceros, las sonrisas más hermosas y los abrazos más reconfortantes. Aunque Daniela es muy diplomática, todos saben que su tío favorito es Rubén y Gabriel, siempre dice que soy yo. Siempre me emociona escucharlos, verlos y abrazarlos, jugar con ellos y ver algún episodio de cine Boomerang con Gabriel o Violeta con Daniela. Dentro de pocos días y quizá mientras usted lee estas líneas, ellos estarán abordando un avión rumbo a otras tierras.


Cuando hace algunos meses escribí El aeropuerto del adiós, ya habían caminado por ese piso fruto del ingenio de Cruz Diez, varios amigos decididos a dejar atrás a un país que se hunde en la miseria. El proceso de descomposición se ha acelerado. El hundimiento ya no es tan lento, es vertiginoso y así, afloran los deseos de huir antes de que sea demasiado tarde, pero sobretodo, en muchos casos, de salvar a los niños.

Mis sobrinos han vivido toda su corta vida en la Venezuela chavista y al menos Daniela, la mayor, habla de la escasez con tanta naturalidad como si conversara de Tinkerbelle. Es aterrador y no hay derecho. Mientras a uno le indigna el tema, para ella es algo normal, es lo que ve cada vez que sale a hacer mercado o acompaña a su madre a la farmacia. Gabriel es un poco menor, pero de seguir aquí, hablará de esos temas y las colas como si lo hiciera de las aventuras de Max Steele. No entienden mucho eso de “irse” y dentro de su inocencia le preguntan a Carmen, su abuela, mi madre, por qué no se va con ellos. A sus escasos años no lo entienden, pero literalmente están huyendo junto a sus padres.

Daniela ha vivido de cerca las consecuencias del modelo chavista y aunque no entiende bien qué pasa, sabe que algo sucede. Ella desde muy pequeña ha necesitado jabones y cremas especiales para cuidar una piel delicada que debe ser atendida con sumo cuidado. Desde que para el gobierno todos los jabones son iguales, indistintamente de que sean medicados o no, los que ella usaba desaparecieron del mercado, igual que algunas cremas que por el tema cambiario han dejado de llegar al país o llegan en insuficientes cantidades. Así, sin quererlo, es víctima inocente de un obsesivo modelo de controles. Tiene derecho a conocer un país donde prevalezcan las libertades.

Existe Skype, Whatsapp y cualquier cantidad de aplicaciones para comunicarse y aunque pueda verlos y hablar con ellos cuando quiera, extrañaré sus abrazos, sus tiernas sonrisas, los gritos de Daniela mientras corretea por los pasillos o ver a Gabriel despierto desde las seis de la mañana cuando por alguna razón mi hermana los dejaba dormir en casa. Si se quedan en el país que los recibirá, echaré de menos los actos del colegio a los que me invitaban, las presentaciones de baile de Daniela, las tardes de perros calientes en la cocina de la casa de la abuela y esas peleas locas entre ellos que siempre se sellaban, al final, con un gesto de cariño. Los voy a extrañar con la vida, pero sé que estarán mejor a donde quiera que vayan y eso me conforta. El amor es precisamente eso, entender que el otro siempre debe estar mejor.

No faltará quien diga que los movimientos migratorios son naturales y es cierto, lo que no es natural es que cada día más y más familias se dividan por culpa de los vulgares malhechores que han tomado por asalto a Venezuela y que ni siquiera en este momento aciago en que se desangra desde el cabo San Román hasta el Amazonas y desde el río Intermedio hasta la confluencia del Barima y Mururuma, tienen la buena intención de hacer algo por salvarlo. Sobrinos míos, con tristeza les digo hasta pronto, pero con fe les digo que estarán mejor. Los amo y ojalá aprendan y sepan cuando crezcan, al cabo de unos pocos años, que la libertad vale todos los esfuerzos, todos los sacrificios y todas las distancias. Sé que sus vidas cambiarán para mejor el día en que dentro de ese avión, se cierre la puerta, se eleven y dejen atrás a un pedazo de tierra al que hace unos años llamábamos país y que los sátrapas gobernantes han convertido en una pequeña sucursal del infierno donde lo único que no escasea es el mal vivir y el hampa.

Daniel González González

@GonzalezGDaniel

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