lunes, 12 de enero de 2015

Narrativa: El asesinato de la periodista (Parte I)

Si la vida es rara, la muerte lo es mucho más. Quizá la mayor diferencia es que en la muerte las cosas ya no duelen en un sentido físico. El viernes a esta misma hora estaba viva, llena de sueños, ilusiones y ganas de cambiar las realidades que me golpeaban o que hacían daño a otros, pero, ¡mira si la vida es impredecible!, el sábado estaba tendida dentro de un aristocrático ataúd negro pulido con apliques dorados, en el cual solo se podía estar así, muerta. Sin duda, de haber estado viva, seguramente habría salido corriendo, eso que los psicólogos llaman claustrofobia me hubiese hecho huir de allí sin pensarlo dos veces.
Es extraño, pero hasta la muerte se convierte en un espectáculo en esta vida.  Muy a pesar de la tristeza de los deudos, se terminan imponiendo siempre esas reglas sociales que incitan a convertir un momento de dolor en un corrillo de tristezas y lamentos. Ese sábado, a cada lado del sarcófago me acompañaban dos coronas florales con una exquisita combinación de rosas rojas y blancas, lilas, muchas gerberas rojas, amarillas y anaranjadas y tulipanes blancos. Esas eran las de la familia. Las enviadas por los amigos estaban distribuidas en todo el salón de la funeraria: las de la familia Mármol, las de los Oropeza, las del Centro de la Mujer, las del Ministerio tal y las del CNP, fueron algunas de las que pude ver. ¿Y todo para qué? Creo que para preservar las relaciones entre los que quedan vivos, porque ya para mí ni las flores desprenden sus perfumados efluvios. De mí solo quedaran los recuerdos en algunos y esos hasta el tiempo los va borrando.
Desde afuera todo se ve distinto, como cuando te miras paralizado frente al espejo mientras todo a tu alrededor se mueve con absoluta normalidad. Podía verme allí, perfectamente maquillada y vestida como para el mejor de los eventos. Cualquiera hubiese pensado que iba al Miss Venezuela a impresionar a Osmel, pero no, a donde iba no había regreso, nunca más mi cuerpo volvería a ser bañado con la luz del sol. Allí estaba con los ojos cerrados e impecablemente peinada.
Mucha gente entraba al salón donde me dispensaban una mirada taciturna. El ritual fue casi común en todos los que asistieron. Primero se acercaban a mi madre, que estaba desconsolada; la saludaban, abrazaban y le susurraban algunas palabras al oído. Luego hacían lo propio con mis hermanos y mi padre y después avanzaban a verme como si de una obra de arte o alguna pintura famosa se tratara, exhibida en algún museo célebre del mundo como el Louvre, Orsay o El Prado. Lo cierto es que no era ni la Gioconda de Da Vinci ni un fresco de la bóveda de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. Únicamente eran mis restos, el cadáver de quien hasta el viernes fue la feliz Paola, periodista, en el inicio de su prometedora carrera y que al día siguiente no era otra cosa más que un número adicional en la estadística de muertes violentas de este país. Dentro de unos pocos días sólo mi familia me recordaría, para el resto de las personas no sería más que una cifra dentro de alguna causa de muerte del anuario del ministerio de Salud. Lo que más me indignaba aquella tarde era que allí, entre la multitud, al lado de mi madre y mis hermanos que me lloraban atribulados, estaba él, mi asesino.


Continuará...

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