martes, 1 de julio de 2014

Un cumpleaños en la Colonia Tovar

Recuerdo todo como si hubiese ocurrido ayer. Días antes del 19 de marzo, día de tu cumple 23, me dijiste que querías hacer algo distinto. ¿Distinto como qué?, pregunté. Distinto, pues, respondiste. Barajé opciones. Querías ir a Mérida, pero era un viaje largo y yo estaba full de trabajo. Después de evaluar y evaluar, te presenté la opción ganadora. Un viaje de dos días a la Colonia Tovar. El hotel Selva Negra esperaba por los dos.
Llegamos a la Colonia Tovar el martes por la tarde y mientras subíamos por las empinadas montañas aragüeñas no dejaste de fotografiar el paisaje, ni de maravillarte por los cerros que tanto amabas. Estabas emocionado. Siempre lo dejaste claro. Eras más de montañas que de playa. En las montañas te sentías bien, cómodo, cool. El hotel te encantó. No puedo olvidar tu cara de alegría en la medida en que te acercabas a esa infraestructura que hasta ese momento desconocías. Nos registramos, dejamos las cosas en la habitación y fuimos a comer. El célebre café Muhstal, ese muy cerquita de la iglesia del pueblo, esperaba por nosotros. Ambos comimos al estilo alemán –sin rodilla- y disfrutamos nuestros platos con una Zulia. En ese momento no sabíamos que el destino nos estaba esperando para separarnos para siempre unos meses después.

Llegó el 19. Fue miércoles. Para variar despertaste tardísimo. Salimos a almorzar y a ver que opciones teníamos para disfrutar el día. No sabías que comer y terminamos comiendo perros calientes con salchicha alemana y jugo de fresas y cuando pasamos por la oficina turística, al lado de la iglesia, la chica nos informó que por la hora y por ser día de semana, nuestras opciones de distracción eran muy pocas. Te decepcionaste un poco y te entendí. Amabas conocer cosas y lugares nuevos. Regresamos al hotel y al rato, salí a buscar un pastel para celebrar el gran día, tu cumpleaños.

La Colonia Tovar está llena de sitios donde venden cosas muy ricas, pero particularmente ese día, no encontré un postre que se adaptara a la necesidad. Habías dejado claro que querías algo de chocolate. Finalmente, en una dulcería cercana al Selva Negra, conseguí, por trozos, una torta de chocolate que se veía exquisita y en efecto, lo estaba. Compré un par de trozos y luego me fui al abasto a comprar las velas. Cuando volví a la habitación, cantamos cumpleaños y como cosa rara, tomaste una foto de los trozos de torta y la subiste a tu Instagram. En la noche cenamos en el restaurant del hotel. ¿Sabes? Fui feliz de tenerte esos dos días a mi lado, porque a pesar de las cosas, decidiste pasar esa fecha importante solo conmigo. Al día siguiente, pasado el mediodía y luego de buscar detallitos para Angely, Nadia y Carmen, regresamos a Caracas y entre los planes, estaba otro viaje, a Mérida, ese que tanto querías hacer y que apenas el fin de semana antes de tu adiós, habíamos cuadrado para julio.


Quiero decirte que te he escrito muchas cosas. Unas las leíste mientras vivías y nos alegrabas con tu sonrisa, otras, simplemente no tuviste chance de verlas. Y te escribo porque me siento en deuda contigo. Recuerdo cuando el año pasado me dijiste una noche, mientras esperábamos para cenar en La Castellana, que debería escribir sobre nosotros. Te escribí cosas cortas como ese Mientras dormía que te envié y le diste fav en Twitter, pero nunca me senté a escribir sobre los dos, bueno, excepto con la carta que envié al concurso este año, que demás está decir, suspendieron. Le regalo ahora a tu memoria, pequeño Wasowski, estas cortas líneas del que creo fue un feliz cumpleaños para ti, diciéndote que te quise como tal vez nunca creíste y que en mis sueños, siempre estoy contigo en la Colonia Tovar, no despidiéndonos, viviendo. No pienses que soy un tonto, solo soy alguien que te quiere aunque ya no estés aquí y esta es mi forma de llevar esta pérdida que no sabes como me ha dolido.

Daniel González G.

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