miércoles, 26 de marzo de 2014

De como nos violan el derecho a la libertad de elección

Usted sale de su oficina a las cinco de la tarde, luego de una jornada regular de trabajo. Recuerda que no tiene harina para hacer las arepas del día siguiente y decide entrar al supermercado a ver, sí, a ver, si encuentra harina de maíz. El que encuentre el bien en el anaquel es un hecho casi improbable, pero como dice el dicho, la esperanza es lo último que se pierde. Entra al establecimiento y la realidad le golpea con fuerza. No hay harina, pero tampoco hay pan. Son apenas dos de los protagonistas de la larga lista de “no hay”. Es posible que tampoco encuentre azúcar, ni leche en polvo, tampoco papel higiénico ni jabón para bañar. Sepa usted que se le está violando un derecho constitucional.
El artículo 117 de la Constitución nacional establece que “todas las personas tendrán derecho a disponer de bienes y servicios de calidad, así como a una información adecuada y no engañosa sobre el contenido y características de los productos y servicios que consumen, a la libertad de elección y a un trato equitativo y digno”. Cuando usted llega al supermercado o a la farmacia y no consigue el producto que busca, le están violando el derecho de disponer del bien y si usted no consigue variedad, le están violando el derecho a elegir qué consumir. En el preciso instante en que usted se para frente a un anaquel donde de un producto hay una sola marca, con una única presentación; está obligado a llevárselo, sin poder valorar si puede ser de igual, menor o superior calidad que otro. Pero si además a usted lo someten a hacer una cola de horas, bajo sol y lluvia, déjeme decirle que no le están brindando un trato digno.
Venezuela se ha convertido en un país atípico en materia de decisiones de consumo. El consumidor frente al anaquel no toma decisiones basadas en una valoración previa de calidad, marca o precio, por ejemplo. En la Venezuela actual la decisión de compra de una gran cantidad de bienes, muchos de ellos de primera necesidad, está condicionada casi exclusivamente a que el bien, casi siempre de una única presentación y de una sola marca esté en el establecimiento. Aunque pocos se detienen a pensar en que esto tiene impacto en su bienestar. En el preciso instante en que usted, luego de haber comprado el jabón de tocador de una marca desconocida, sale protestando entre dientes porque tuvo que comprar esa y no la de siempre, la que ha usado toda la vida, su bienestar ha disminuido y su derecho a la elección le fue brutalmente cercenado.
El origen del producto único
Las empresas, nacionales y extranjeras, no han tenido incentivos para diversificar la producción de bienes en el país ni bajo la presidencia del ex presidente Hugo Chávez y menos ahora bajo la conducción de Nicolás Maduro. Por el contrario, en ambos períodos se han aprobado instrumentos legales que buscan imponer precios a la fuerza, dejando por fuera a las fuerzas de la oferta y la demanda como equilibradoras del mercado. Ejemplo de esto han sido las polémicas Ley de Costos y Precios Justos del 18 de julio de 2011 y la que derogó a esa, la ley Orgánica de Precios Justos del 23 de enero de 2014. Estas leyes obvian por completo la dinámica y la realidad de la economía venezolana, donde debido a los problemas inflacionarios y cambiarios, la estructura de costos no permanece invariable en el tiempo. Por el contrario, varía de forma acelerada. Entonces, ¿cómo se le puede pedir a una empresa que produzca más de un bien a un precio determinado cuando su estructura de costos aumenta y por ende su ganancia desciende? ¿Hasta cuándo se puede sostener eso?
Bajo esa premisa, muchas empresas, tratando de sortear las dificultades han minimizado la producción de bienes regulados e incrementado la de bienes que escapen de los controles y el abastecimiento de esos productos ha quedado prácticamente en manos del Estado que es experto ya en distribuir productos de una sola marca y presentación, realidad ante la que usted no puede elegir.

Usted, si tiene muchos años entrando al supermercado, debe recordar que existió un tiempo en que Venezuela tenía, tal vez igual que hoy, innumerables problemas económicos, pero las reglas del juego las establecían la oferta y la demanda. En esos días usted podía ir al abasto y tenía la opción de elegir qué comprar para llevarse a casa. Hoy, dicen que con estas leyes le están protegiendo el salario. Pero no es así. No solo no lo dejan elegir, sino que cuando no encuentra el producto, debe pagarlo al buhonero al precio que se lo venda.

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