sábado, 11 de enero de 2014

El asesinato de Mónica, el cinismo de Maduro y la inseguridad como política


El cruel asesinato de la ex miss Venezuela, Mónica Spear y su pareja, desnudó ante el mundo al gobierno de Nicolás Maduro. Un gobierno irresponsable que unido al del difunto Chávez ya lleva más de 15 años en el coroto y que aún por estos días tiene la osadía de culpar de problemas como este a los gobiernos anteriores. Tan solo un día antes de que se conociera la noticia de Spear, su pareja y su pequeña hija de apenas 5 años, el ministro de Turismo de Venezuela, Andrés Izarra –tristemente célebre por su risa sarcástica y a todo gañote en un programa de CNN donde se debatía el tema de la delincuencia- decía respecto a este mismo tema que el tema de la delincuencia era, palabras más palabras menos, manipulado por los medios de comunicación. El asesinato de Mónica Spear le dio una cachetada a este y al cínico mayor y los dejó ante el mundo en la calle mostrando sus verguenzas.


En Venezuela, la muerte de alguien que se llame Pedro Pérez o quizá, Manuel López, no le afecta a nadie más que a su familia. A efectos del resto de la sociedad es un número más que pasa a engrosar la abultada lista de homicidios del país y no es para menos. Los venezolanos nos hemos acostumbrados a convivir con los homicidios y con los malandros. Estos ya no están en sus guaridas. No. Viajan en sus motos por toda la ciudad causando terror a los ciudadanos de bien y otros tienen su centro de operaciones en el Metro de Caracas y en los matorrales de la autopista. Nos hemos habituado a que vivir en Venezuela es una ruleta rusa. Sales de tu casa sin saber si regresarás. La muerte nos respira al oído y de cuando en cuando, hasta nos besa. Solo logramos reaccionar cuando la víctima no es el habitual padre de familia atacado a mansalva saliendo de su trabajo o el joven anónimo a quien además de robarle el celular le disparan en el pecho. A inicios de año se supo que la cifra de muertes violentas ascendió a más de 20 mil en 2013. La sociedad solo reaccionó y protestó porque apenas unos días después, una de las víctimas fue una conocida actriz de la televisión de habla hispana en el mundo, la ex miss Mónica Spear.

El crimen de Mónica devela algunos rasgos del malandro de nuestros días, hecho en el socialismo de Chávez y el continuado de Maduro. El hombre nuevo, el malandro del siglo XXI mata con saña. Pareciera que el fin último no es despojar a la víctima de sus pertenencias, sino verlo agonizar mientras se desangra. El discurso del régimen, inflado de un odio inclemente hacia lo que ellos consideran la “burguesía apátrida”, hace a estos culpables de despojar a los pobres de lo que les “corresponde”. Ese discurso obvia intencionalmente, entre otras muchas cosas, que en la sociedad hay que trabajar para lograr dignamente las cosas y que ese trabajo constante te puede sacar hasta de las peores situaciones, pero no, el discurso que sigue alimentando Maduro es el de odia a quien tiene lo que a ti te falta. Allí están los resultados. Muertos y más muertos y entre ellos, una persona conocida en el mundo, su esposo y una pequeña inocente herida y marcada de por vida tras vivir el traumático hecho. Esos miserables no merecen algo distinto a lo que hicieron, ya que además no deben ser los primeros muertos de su historial. Ante una situación como esta, de saña desbordada, de indolencia, el mensaje institucional debería ser distinto al “mano dura”. La sociedad debería debatir el uso de la cámara de gas, de la silla eléctrica o la inyección letal para esta gentuza que asesina como si esto fuera un deporte. También el crimen de Mónica desnuda al régimen porque se ha demostrado que alguno de los desalmados que actuaron en el hecho ya habían visitado la cárcel y nuestro sistema de justicia no había hecho nada y es que es eso, nuestro sistema de justicia, al igual que el país, es un estercolero.

Pero el gobierno, aparte de seguir prometiendo planes de seguridad a los que nunca se le han visto ni se le verán resultados, arremete contra quienes han alzado su voz por este caso y llaman a no “politizar” el tema. No se trata de politizar el tema porque el mismo es ya, de hecho, político. La política de seguridad, así como la económica, la de salud o la educativa, no la lleva el barrendero de la plaza Bolívar de Caracas. No. Son todas responsabilidad del gobierno de turno y este lleva 15 años “fracasando” y lo encierro entre comillas por una razón que creo fundamental. Coincido con María Corina Machado, quien ha dicho que la inseguridad es política de Estado. El primero en defender la tesis del pueblo en armas fue el “comandante supremo” de la revolución y repartieron armas a diestra y siniestra sin ningún control. ¿El fin? La defensa de la revolución. El gobierno entiende, además, que el miedo paraliza a una sociedad y lo sabe. La gente a las 10 de la noche anda encerrada en su casa y las plazas están vacías. Ya no se sale a protestar y ni pensar en acercarse a los “palacios” donde funcionan los poderes públicos y es que la sociedad sabe que lo primero que hará, será encontrarse de frente con estas bandas armadas, tarifadas y al servicio primero del gobierno de Chávez y ahora del gobierno de Maduro. Es por esto que no creo ni creeré en ningún plan de seguridad de este gobierno, ni en las promesas que en torno a esto se hagan.


El viernes, Maduro enfiló su decadente artillería verbal hacia quienes piensan que en el país no se puede vivir y quienes han declarado que no pondrían otra vez un pie en estas tierras de Bolívar. Apátrida fue lo más bonito que los llamó. Uno entiende que alguien que tiene más escoltas que puntos de coeficiente intelectual no le preocupe su vida, pero lo cierto es que el resto de los ciudadanos, los que de vaina tenemos un “ángel de la guarda”, el tema de la inseguridad en el país es un problema. Jamás criticaré a quienes se van de aquí protegiendo su integridad física y sus pertenencias y menos a quienes se nieguen a regresar a un país peor al que dejaron. Es un tema de supervivencia, de tranquilidad, de poder salir sin sentir cerca a la sombra de la muerte. No son apátridas, Nicolás, son inteligentes y más que eso, afortunados. Lo de Mónica es lamentable desde todo punto de vista. En primer lugar, nunca debió ocurrir, así como no debieron morir asesinados un montón de esos que no son famosos, pero lo peor es que la causa emprendida en su nombre es fatua y finita. Seguirán los muertos, pronto muchos olvidarán el brutal crimen y como al gobierno de turno le conviene, el hampa desalmada seguirá reinando en nuestras calles y autopistas. Quizá se vuelva a protestar cuando alguien importante vuelva a sumarse a una lista de nombres y apellidos, en general, sin “abolengo”. 

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