sábado, 25 de enero de 2014

De ocupación, puta

El mesonero ya me conoce. Cuando comencé a frecuentar el restaurante, me preguntaba que quería tomar; tiempo después, me saludaba cortésmente y sin preguntar, me llevaba a la mesa mi copa de vino blanco. El vino me relaja y prepara para el trabajo. Nunca sé con certeza que tipo de cliente me espera y lo cierto es que el vino, poco a poco va trayendo sobre mi conciencia una especie de nube gris, que cuál nubarrón que preludia tormentas, me prepara hasta para la peor de las circunstancias.

Mis copas siempre son acompañadas con uno o varios cigarrillos, eso depende de cuánto tarde mi cliente. En general, no tengo que esperar mucho, los clientes vienen a lo que vienen: a cerrar un negocio. Pero no siempre es así. Me ha tocado atender clientes a los que incluso se les dificulta caminar y mientras los minutos pasan inexorablemente y se van convirtiendo en cuartos y medias horas, pienso. Cavilo, imbuida en los efectos relajantes del vino y la estela de humo gris que se dibuja alrededor de mi rostro en su paso hacia las alturas.
El jueves fue uno de esos días en los que pensé. La cita estaba pautada para las seis de la tarde, y a las seis y diez mi cliente aún no llegaba. Yo llegué puntual, como de costumbre. Yo en eso soy muy británica, pero el venezolano promedio no lo es y las excusas sobran en la ciudad. La cola está infernal, es uno de los subterfugios más usados en una urbe en que las autopistas parecen estacionamientos en las horas pico. A mí, la puntualidad me obliga a salir de casa por lo menos con dos horas de antelación. Llegué y el mesonero trajo a la mesa una botella de vino blanco y una copa. Mientras él servía el vino, yo encendí mi primer cigarrillo. No sé el motivo por el que mis pensamientos me llevaron al Metro, lugar que debía estar a reventar a esas horas y las personas que en sus andenes viajaban, obligadas a tocarse mutuamente por todos los costados, estarían desesperadas por llegar a sus destinos. Yo pasé por eso de andar en camionetica y Metro, pero la verdad es que la experiencia no me gustó. Lo mío no era eso, no era lo popular, aquello que olía a individuos sudados después de un largo día de trabajo o a perfumes un tanto baratos. Lo mío era el restaurante a las seis de la tarde, mi copa de vino, mi cigarrillo humeante dibujando cualquier figura a su discreción y por supuesto, mis clientes, sin los cuales es imposible sostener mi estilo de vida.
En muchas oportunidades, pensaba en lo que sería de mi vida de seguir trabajando en la oficina. La misma rutina, indudablemente. Sí. Quizá aún me despertara todos los días a las cinco y media de la mañana, llegaría al trabajo a las ocho, almorzaría a las doce, saldría a las cinco y a esa hora, emprendería el retorno a mi casa. Bueno, a mi casa no, a la casa que le alquilaba a alguien más. De seguro, tendría los fines de semana libres y posiblemente el sueldo no me alcanzaría para mucho. Lo cierto es que así viví durante muchos años, hasta que conocí a Brigitte.
Cuando Brigitte me vio caminar por los pasillos del Sambil, me abordó. No recuerdo de que otras cosas conversamos, lo cierto es que me dijo que era puta. Sí, puta. Pero no de las cualquiera, de las del montón, de las que caminan entaconadas la Libertador; sino de una élite de trabajadoras con clientes importantes, que podían alcanzar sus sueños económicos en muy poco tiempo. Brigitte era como la madame y me dijo que tenía a un cliente interesado en una mujer como yo. ¿Una mujer cómo yo?, pregunté sorprendida. La verdad es que yo en aquel entonces era una mujer normal; más que normal, corriente. Era rubia natural, atributo físico heredado de mis ascendentes europeos y tenía buenas piernas y caderas, pero lo que era pecho, de eso tenía poco. Brigitte me comentó que así, tal cual: rubia, alta, con buenas piernas y caderas y con poco busto me quería su cliente. Preguntó cuanto ganaba al mes y cuando le respondí, me dijo que en una hora con ella, ganaría mucho más que eso.
Intenté no pensar mucho ni enfrentarme a dilemas morales. La moralidad a veces funciona como un freno para la superación. Iba a ganar plata que era lo que me interesaba y plata con la que podría rodearme de lujos. No tendría que vivir con las limitaciones del quince y último. Simplemente era una nueva forma de ganarme la vida. A Brigitte, le dije que sí.
El primer cliente fue un señor bastante mayor, como de unos noventa años que más que sexo, lo que quería era conversar. Llegué puntual a la cita. Me esperaba en una suite del Eurobuilding. Brigitte me dijo que debía hacer lo que él quisiera y como sexo no quiso, ni me preocupe en insinuarme. Sólo escuché atentamente. Me habló de sus hijos y nietos. Que no lo querían. Me dijo que se sentía muy solo. Esa noche únicamente escuché, cenamos y tomamos vino blanco. Cuando salí de la habitación, en mi cartera me acompañaba un gran fajo de billetes verdes como pago por mis servicios. Con lo que cobré esa noche, me agrandé el busto.
Esa ha sido la única vez que no he tenido sexo con un cliente. De ese momento en adelante, mi vagina se convirtió en una especie de punto de venta por donde pasan falos como en el punto de venta pasan tarjetas. Y el vino blanco me ayuda, sobre todo para aceptar aquellas tarjetas que no son de mi completo agrado. Siempre me acompaña. He tenido clientes maravillosos, extranjeros de una belleza espectacular con los que definitivamente me hubiese acostado hasta gratis; pero también me han visitado clientes tan pero tan feos, que ni los efectos del vino blanco o algún porro de maría, han sido suficientes para hacer el encuentro placentero.    
Los pensamientos se disipan cuando un hombre de unos cuarenta y cinco años se acerca a mi mesa. Está bien vestido y huele a Jean Paul Gaultier. Ese perfume me enloquece. Sus modales son exquisitos. Pregunta si soy Paola, a lo cual respondo afirmativamente. Se sienta. Empezamos a conversar y pide la carta. Está en Venezuela por trabajo. Viene de España a hacer importantes negocios en telecomunicaciones. Cenamos y seguimos charlando. Tomé más vino porque me gustaba, no porque fuese necesario. Abandonamos el restaurante rumbo a la habitación. El mesonero hace tiempo sabe lo que soy. Una puta. Una mujer que intercambia placer por un nivel de vida envidiable. No madrugo, no tomo el Metro, no tengo un jefe insoportable. No es por nada, pero prefiero ganarme la vida así, antes que trabajando desde que sale el sol hasta que se oculta; ganando apenas cuatro lochas. Ganarse la vida así, tiene sus recompensas. Casi todo se hace en la cama y cuando el cliente te gusta, más que un trabajo o una forma de ganarse la vida, es un pasatiempo delicioso.
La historia se repite casi todos los días. Mientras la mayoría empieza su jornada a las ocho de la mañana, la mía se inicia después de las seis de la tarde. La noche siguiente, la del viernes, mientras el mesonero me servía la copa, dejó caer una nota. En una servilleta, con letra un tanto irregular, me preguntaba cuánto cobraba por mis servicios. Nunca me había detenido a mirarlo, pero era bastante seductor. Recordé aquellos momentos de niña, en los que el dueño de la panadería me regalaba los dulces que mi madre no podía pagar. Yo no era dueña de una panadería, pero era la propietaria de un cuerpo que el atractivo mesero no podía pagar. Él me había servido el vino por más de dos años. Respondí en la servilleta e hice señas para que se acercara. Seductoramente guarde la nota en el bolsillo de su camisa blanca. Por primera vez, embarqué a un cliente y valió la pena. Esperé al chico hasta su hora de salida y nos fuimos a mi apartamento. No me pagó con dinero, pero lo hizo con el mejor sexo que había disfrutado en mi vida. Desde ese día, una vez a la semana, Alejandro va a mi casa y me hace sentir las cosas que el resto de los hombres no me despiertan en los otros seis días. Vale decir que con Alejandro, no hace falta el vino blanco.


Este texto fue presentado como ejercicio hace algunos años en un taller de narrativa.

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