lunes, 11 de marzo de 2013

La ventana y el señor en el poder


Natalia, María Carolina.

Aún no siento los latidos de sus corazones, ni sus patadas de vida en mi vientre. Todavía no sé lo que es que tomando mi dedo, se adueñen de mi mundo. Pero sé que están allí, sé que vendrán.

Les escribo estas palabras a ustedes, venezolanas futuribles, porque nosotros, los venezolanos del presente, estamos demasiado confundidos y abstraídos por nuestra realidad y vivimos en medio de un antagonismo constante que se ha profundizado en las últimas horas.



No sé cuál será la Historia de Venezuela que les tocará leer en los libros de texto y ni siquiera sé, si será esa la historia del país que les tocará leer. Por eso, y antes de que llegue a ustedes un mito, quiero que conozcan mi lado de la historia. Ya tendrán ustedes suficiente criterio y libertad para formarse sus opiniones. Es muy distinto leer la historia que escribirla.



Definitivamente esta ha sido una época compleja: difícil y maravillosa; de contrastes profundos y de polarización extrema. El germen de la revolución vio su estallido con la llegada de un líder carismático. Un hombre de convicciones profundas y poco vistas en nuestras generaciones que supo unir política y comunicación en una era de desigualdades y pobreza extrema. Le habló a una parte del país social y económicamente desatendido que además de escucharle, le siguió ciegamente. Se rodeó de personas de poco criterio pero con mucha fiereza, de lealtad absoluta. Separó las aguas, dividió al país. Con una retórica admirable le dijo a los pobres que eran pobres porque los ricos existían, y sembró en ellos el deseo de poseer lo que, bien o mal ganado, los ricos tenían. Les puedo decir, Natalia, María Carolina, que el problema no era atender a los pobres, eso siempre será justo. El mayor inconveniente fue que la clase media casi desapareció, los ricos se hicieron más ricos y los pobres, más pobres. La “nivelación” fue hacia abajo.



Los años transcurrían y el señor en el poder se blindaba cada vez más y mejor. Tuvo el mayor flujo de ingresos por renta petrolera que presidente alguno haya tenido. Lo que bajo otras presidencias era la mayor preocupación, la deuda externa, ni se mencionaba. Fuimos la caja chica de todos los países Latinoamericanos. El hombre en el poder extendió su ideología por el continente y encendió una revolución que frenó la evolución de aquellos países que se le unieron a conveniencia. Se llegó a vincular con países cuyos dirigentes eran de dudosa reputación, habían sido tildados de genocidas o que ideológicamente poco habían tenido que ver con nosotros tradicionalmente. Se encargó de borrar parte de nuestra historia, la bandera sumó una estrella, el caballo en nuestro escudo miró en otra dirección.



Creó un conjunto de medidas sociales que llamó Misiones. Extrañamente el nombre estaba vinculado a la religión, pero los primeros años de su gobierno, el señor en el poder marcó distancia absoluta de la iglesia católica y promovió la libertad de culto, lo que permitió el reconocimiento de las diferencias de credo y la amplitud en las diferencias en ese aspecto. Las misiones dejaron de funcionar pronto, o funcionaron siempre muy mal, no sé cuál de las dos razones fue el motivo de que permanentemente tuviesen que rebautizarlas y relanzarlas apelando a la emocionalidad de ese grupo para el cual estaban diseñadas. Una de estas misiones en particular fue muy polémica, pues desplazó la contratación del recurso humano nacional, para incorporar a sus filas, a médicos cubanos. Nunca he sido atendida por uno de ellos, no puedo dar fe de sus capacidades o rechazar sus diagnósticos, desde mi punto de vista el error estuvo en desemplear al médico venezolano para seguir blindándose de su aliado estratégico ideológico e incondicional, Cuba.



Pero Natalia, María Carolina; el mayor conflicto, el más doloroso y cruel, fue la complicidad con la delincuencia. El señor en el gobierno y su leal entorno, los más radicales, pasaron de promover la violencia de forma verbal a la violencia a través de grupos armados. Controlaban la compra y distribución de armas y un ciudadano común, podía tener armas de guerra. Proliferaron los grupos paramilitares, incluso el mismo señor en el gobierno creó algo llamado “milicias”, grupos que nacieron con la misión de “defender la revolución”; a ellas se les sumaba la violencia e inseguridad que la degradación moral, el hambre y el “derecho” de poseer lo que otros tenían, habían desatado. En Venezuela, un día normal transcurría con el deceso de diez a veinte personas, solo en la ciudad de Caracas. Al año, llegamos a tener veinte mil muertos víctimas del hampa en todo el territorio. Era una guerra de un bando contra otro. Era una guerra entre venezolanos. Perdí varios amigos en esa guerra.



El señor en el poder y el blindaje de sus más leales, permitieron el control absoluto del entorno. De esta experiencia quiero transmitirles mi mayor aprendizaje. No todo lo legal es justo. No todo lo justo es correcto. No todo lo correcto sucede. Reformamos nuestra Constitución y según decían los expertos, era la más moderna y mejor ajustada a nuestros tiempos, la que nos haría transitar por el siglo XXI con un escenario más justo y equilibrado; sin embargo, solo puedo decirles que esa Constitución se convirtió en un cuadro en la pared, en parte del paisaje y en la peor pesadilla de quienes de una u otra forma por motivos sociales, políticos, económicos, ideológicos o del tipo que fueren, estábamos en contra del señor en el poder.



Nada es eterno. El valor más importante es la salud y ese valor lo perdió el señor en el poder. Sus más fieles, esos a quienes al comienzo definí como “de poco criterio”, también resultaron de poca moral. Utilizaron su salud como instrumento de manipulación, de control, incluso de miedo. Transcurrieron meses antes de que tuviésemos noticias sobre su salud, y para los efectos, se “levantaron” ministerios de comunicación paralelos: uno constituido por un periodista y otro por un médico. El escenario se tornó surrealista cuando apareció un profeta. Era la tríada perfecta para una película de ciencia ficción. Pero ante la ausencia de información, las dudas, la incertidumbre, la ilegalidad –o legalidad amparada en majaderías- recurríamos a estos tres elementos para dibujarnos el futuro, hoy presente.



Ayer dio inicio la más breve campaña electoral que he vivido, o que viviré. Ya perdí la cuenta de cuántas veces voté, con apenas un resultado a favor. Allí mi siguiente enseñanza, Natalia, María Carolina: que no les importe cuán adverso sea a vuestros ideales el resultado, la dignidad no se negocia. Si lo que hay es una ventana abierta, crucen por ella. Del otro lado se encontrarán con millones como ustedes y entre todos, se encargarán de abrir el boquete para que los que les siguen, pasen. Como decía San Antonio María Claret: “Acudir a lo más urgente, oportuno y eficaz”. En un mes volveré a votar y como yo, millones. Aún hay quienes dudan que existan las condiciones. Natalia, María Carolina: por mí, por mi dignidad innegociable, por mi presente y por mis futuribles (básicamente ustedes), allí estaré pasando por esa ventana, sean cuales sean las condiciones.



Cada quien contará una historia. Yo les pido que se detengan siempre a escuchar a todo aquel que tenga algo que decirles sobre el señor en el poder. Dependiendo de quien lo diga y cómo haya sido su experiencia o beneficio, notarán que en sus mentes se dibujará la imagen de un ser cuyas alas de ángel, cubren su cola de demonio. Todo muerto tiene doliente y, sin importar el bien o el mal que haya hecho, toda muerte se respeta, aprendan eso; solo les pido que diferencien cuándo se llora de dolor y cuándo de miedo a perderlo todo. A menos de un mes para unas nuevas elecciones, la tierra de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco, mejor conocido como “El Libertador Simón Bolívar”, al único que conocimos con ese calificativo por más de ciento ochenta años, está dividida. De este lado asumimos “quemarnos” en el intento con nuestro candidato si fuere el caso, apuntando a esa ventana abierta, conscientes de que la pobreza no se extinguirá, de que la economía no repuntará por arte de magia ni brevemente, o que la delincuencia se convertirá en esperanza de vida. La disposición al cambio es nuestra herramienta de combate. Un combate sin violencia, pero con firmeza. Una disposición que pasa por la creencia de que divididos no vamos a ninguna parte.



“Del otro lado” hacen campaña con la urna del señor en el poder, porque si algo queda claro es que -su figura- sigue mandando. Finalmente, Natalia, María Carolina, aprendan esto: las elecciones no se ganan con una urna. Se ganan en las urnas*.



Heymar Díaz Matamoros





*Leído en tuiter a varios autores. Frente a la imposibilidad de determinar su origen, se toma como autor desconocido y se asume como de "dominio popular".

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