sábado, 16 de febrero de 2013

A propósito de la devaluación y el discurso


Mi hermano Rubén, transcurrida una semana exacta desde el anuncio de la devaluación, buscó en mi blog -este que estás leyendo- algo relacionado con el tema y no encontró nada. Lo confieso, no escribí sobre ese tema porque cuando fue anunciada la medida, el semanario para el que escribo ya estaba en imprenta y redactar una nota para este domingo, no tenía mayor sentido, tomando en cuenta que el tema ya había sido prostituido tanto por los mejores economistas de este país, como por aquellos que sin saber que es ni con que se come una devaluación, le seguían el juego al Gobierno con aquello de que “con esto protegemos la riqueza del pueblo”.

Lo primero que debemos hacer es entender qué es una devaluación.  Zorrilla Arena en su libro Cómo aprender economía, nos da el concepto más sencillo. Él nos dice que cuando “se eleva el precio de la moneda extranjera respecto de la nacional” se presenta lo que se llama devaluación. El mismo autor sostiene que “es el reflejo del desorden monetario y económico que han producido las políticas económicas de un Gobierno, debido al enorme aumento del gasto… al aumentar el gasto, se crean déficits presupuestales que se cubren…  por medio de endeudamientos exteriores y emisiones de nuevas cantidades de dinero”. He aquí una de las razones que explica otra devaluación ejecutada por un Gobierno que ha podido trabajar con uno de los precios del barril de petróleo más alto de la historia. Y no se crean esa especie de que el precio del petróleo está en esos niveles gracias a la “revolución”. Los precios del petróleo, señores, dependen de una multiplicidad de factores, entre los que se pueden citar, además de las fuerzas de la demanda y oferta mundial, las disponibilidades e incluso los conflictos armados. Sí, las guerras son terribles, pero incrementan la demanda y presionan los precios al alza.

Ya con el concepto claro, quizá, algunos se preguntaran: ¿es buena? ¿es mala? La devaluación trae dos consecuencias fundamentales, por una parte, hace que el poder adquisitivo del dinero se desplome. Haga la prueba y compare si en el mercado, pudo comprar lo mismo con igual cantidad de dinero con la que hacía mercado en diciembre. Y la segunda, casi que derivada de su propia nombre, la moneda pierde valor, en este caso, frente al dólar de los Estados Unidos. Ahora bien, el fin de la devaluación debiera ser el de la corrección de los desequilibrios fiscales y emprender un nuevo rumbo, pero en el caso venezolano y como lo repitieron durante toda la semana los mejores economistas de este país, en Venezuela la devaluación siempre tiene un fin “fiscalista”. En otras palabras, el Gobierno convertido en delincuente de cuello blanco, asaltando sin armas al ciudadano. La devaluación, acompañada de otras medidas debería, entre otras cosas, estimular la actividad económica interna, procurar el descenso de las importaciones e incrementar las exportaciones de bienes y servicios. Pero lo cierto es que con el anuncio de devaluación, antes de presentar un plan coherente para estimular la producción nacional, lo que hizo esa lumbrera del empobrecimiento sistemático de los venezolanos, llamado Jorge Giordani, fue decir que exceptuando la eliminación del Sitme, que ya es bastante, todo queda igual. Sin un plan productivo, ¿qué demonios podemos exportar? ¿Pobres? Si seguimos como vamos, capaces. Sin aumentos de la producción nacional y sin nada que exportar, sólo nos queda traer de afuera todo y bajo ese esquema, unido al nivel de gasto del Gobierno, estamos ya a las puertas, en dos o quizá tres años, de un nuevo “ajuste del tipo de cambio”.  

Y precisamente el tema del “ajuste cambiario” me lleva al tema del discurso. Como el Gobierno sabe que el término “devaluación” genera ronchas, utilizan dos palabras de esas “hechas en socialismo”. Así como ahora los presos no son presos sino “privados de libertad”, la devaluación tampoco es devaluación sino “ajuste cambiario”. Los voceros del Gobierno, entre ellos, el presidente de la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional, Ricardo Sanguino, afirmaban que las medidas estaban orientadas a la búsqueda de la estabilización de los niveles macroeconómicos y sociales, según el portal de VTV. ¿Pero y esto será que se unta con la margarina escasa? Por el amor de Dios, sólo estás devaluando y estás manteniendo el resto del sistema tal cual está. El discurso del vamos bien, de en unos años seremos potencia, ha calado de tal forma en el ciudadano que sólo repite las insulsas palabras de Maduro -carentes de la más mínima esencia científica- que algo que en otros tiempos era visto como una desgracia y motivo de cacerolazos, hoy es bueno, positivo para el país. El ¿presidente? Chávez siempre hablaba de la ética del discurso. Al respecto pido permiso para hacer algunos comentarios sobre un tema que no manejo con experticia, pero considero que un discurso ético debe ser primeramente sincero, transparente y que exponga las verdaderas intenciones de quien lo pronuncia. Pero un discurso tramposo, eufemístico y hasta calumniador –porque según era Capriles quien traía un paquetazo- dista mucho, a mi juicio, de ser ético. Mucho menos ético es que voceros del BCV aseguraban la semana antes de la devaluación que ese escenario era imposible y me pregunto: ¿Será que en ese momento no sabían que faltaba plata para pagar las pensiones, como lo dijo Giordani en su rueda de prensa? Siempre he creído que sobre la ignorancia se construyen los más sólidos guardianes de la propia destrucción y los más celosos custodios de los discursos inmorales. El viernes negro, aquel 18 de febrero de 1983, hoy es terrible, gobernaban los “apátridas”. Este otro viernes negro, el del 08 de febrero de 2012, es lo mejor que le pudo haber pasado al país, gobierna mi “comandante presidente”. Y lo único cierto es que mientras mi sueldo y el tuyo vale menos, el equipo que prepara los discursos lisonjeros al régimen trabaja a mil por hora. Lo peor aún no llega y ellos son fundamentales para que cuando eso momento nos toque a la puerta o nos de un manotazo en la cara, lo malo parezca bueno.

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