viernes, 25 de enero de 2013

En piloto automático


Es un hecho. En Venezuela se consolidó la anarquía. Ya no se trata de democracia, capitalismo, ni socialismo, ni comunismo ni maniqueísmo, no. Anarquía.
Tener luz verde para llegar al otro extremo de la avenida y que sorpresivamente una manada (sí, así mismo, con todas las implicaciones que ese calificativo conlleva) de motorizados se atraviesen para detener el paso y privilegiar a los suyos sin que fuerza humana sea capaz de impedirlo, es la demostración más banal, pero más ajustada a la definición que en términos prácticos, podremos encontrar.
Hace casi un año fui víctima del hampa motorizada así que más nunca un elemento sobre dos ruedas, volvió a tener humanidad para mí. Es hampa, es crueldad, son ellos o soy yo. El recuerdo de aquel día me hace palidecer, pone mis pensamientos en blanco y activa mi piloto automático al volante. Por eso cuando esta mañana tuve que frenar para no atropellar (a dos que iba a tener que pagar como nuevos y como si valiesen mucho) a la pareja de motorizados que se me atravesó, no solo se activó el piloto automático sino que además procuré no hacer contacto visual.
En ese momento para lo único que me funcionó el sentido común fue para recordar en qué lugar del carro había escondido estratégicamente cada una de mis pertenencias.
Cédula y TDC debajo de la alfombra trasera derecha, débito debajo de la izquierda, celular en la guantera, llaves de la casa debajo del forro del cinturón de seguridad del copiloto y así sucesivamente. Estoy segura de que los “líderes” de los cuatro puntos de tránsito que se vieron paralizados en seco por el grupo más representativo de la Venezuela actual, solo queríamos avanzar y salir corriendo. Pero imaginábamos las dantescas consecuencias de hacerlo. Como también imaginábamos la posible consecuencia de permanecer allí detenidos. Era Guatemala o Guatepeor.
Comenzaron a rodearnos más y más motorizados, botellas en mano. Frente a mi un hombre moreno, casco blanco, jean azul, lentes de sol. Su parrillera una mujer delgada, con mirada desafiante, sin casco, camiseta blanca sin mangas y cigarrillo en mano. Trataba de mirar “a través de ellos”, hacia algún punto muerto en el infinito, pero era casi imposible pues estaban sobre mi capot.
Recordé el 13 de abril del año pasado cuando la parrillera de una pareja de motorizados quiso robarme. En medio de la confusión me disparó, se engatilló, la cuento.
Pasó la carroza fúnebre con las coronas y las flores que ya deben estar secas del sol tan brillante y directo que hemos tenido en el cielo caraqueño el día de hoy.
Luego tres o cuatro camionetas de pasajeros, un camión 350 y para no ver a los motorizados y sus acompañantes, veía a los pasajeros de estos vehículos. Sus rostros reflejaban dolor, rabia, prepotencia en algunos casos. Sus ojos estaban enrojecidos, quizá por el llanto, quizá por la falta de sueño, posiblemente por el exceso de alcohol. Todos llevaban la música a un volumen descomunal. La mujer de la camiseta blanca fumaba y me miraba desafiante. Volví a aquel viernes 13 de abril. Para mi no había humanidad en ella, quería acelerar, quería pisarla, irme de allí. Me di cuenta de que había al menos 10 motos alrededor de mi carro. Aún seguían cruzando los deudos camino al cementerio. Solo esperaba el “tac tac” en la ventana, por lo que había puesto N+ freno de mano. Sabía que si lo escuchaba aceleraría, me llevaría a aquella pareja por delante, hasta allí sabía.
En el país del “Gracias a Dios no pasó a mayores”, debo agradecer que de subida, una señora se impacientó, aceleró, y en ella se centró la atención de la manada anárquica. Cuatro de ellos la persiguieron, no sé con qué resultado, mi vista estaba fija en El Ávila. Espero que haya llegado con bien a su destino. La caravana fue disminuyendo hasta que pasó el último motorizado, el último camión, el último carro. Un señor en un fiat tucán negro, que llevaba medio cuerpo afuera. Tras él, desaparecieron las motos a mí alrededor y la chica de la camiseta blanca desapareció, no sin antes echar un jalón a su cigarro. Se desactivó el piloto automático, se levantaron las emociones y comencé a llorar. Llegué a mi oficina temblando y agradeciendo que no me robaran, que no atropellara a la pareja de motorizados cuando tuve que frenar y dedicándome a la labor diaria de reunir todos mis documentos dispersos por todo el carro.
En el 2008 un taxista me dijo: “la inseguridad es política de Estado. Un país que tiene por preocupación sobrevivir a la inseguridad no conspira, no se levanta, no tiene fuerzas para agruparse en torno a una idea que lo mantenga unido”. Señor, deje el volante.
Aquello que en otra época eran las anécdotas de lo que “un amigo me contó que a un amigo suyo le pasó que…”, hoy en día se reduce a “yo lo viví”, y eso si tengo suerte de contarla.
Ya no se trata del modelo político o económico. Se trata de la desviación social, moral, ética y humana del venezolano. Y apenas estamos viendo la punta del iceberg.
Cada día se resume a ser optimista, porque el recurso racional queda opacado por la realidad.
En el país del “Gracias a Dios no pasó a mayores”, en el que la inseguridad es política de estado, en el que la vida, la dignidad, la educación y el futuro son más difíciles de definir que un unicornio, enciendo mi piloto automático frente a la anarquía. Eso sí. O son ellos o soy yo.

Publicado con autorización de Heymar Díaz Matamoros, la autora de este texto.

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