sábado, 10 de noviembre de 2012

A un paso del final (Cuento)


Para realizar mi trabajo con éxito debía ser un buen actor, eso lo entendí desde el principio. Ocultar los miedos y temores y conducirme con naturalidad, era la regla que debía seguir incluso en las peores circunstancias; eventos inesperados que podían ir desde interrogatorios, hasta detenciones en cualquier lugar del mundo. Sin duda, el que más me costó fue el primer viaje. Nunca antes me había subido a un avión, es más, en la vida había visitado el aeropuerto. Estaba algo desorientado y no sabía como actuar en aquel edificio de dimensiones gigantescas, con efectivos de seguridad por doquier. El jefe sólo indicó, en una especie de recomendación general, que debía actuar como si nada pasara y justamente eso hice. Boarding pass y pasaporte a estrenar en mano, y con los nervios recorriéndome el cuerpo de pies a cabeza, así como lo hace un antibiótico inyectado para combatir una infección; pasé por los escáneres de seguridad y unos minutos más tarde entraba a la plataforma de embarque sin ningún problema. Mi corazón, que latía con una fuerza que superaba lo normal, se tranquilizó un poco al abordar el avión. El peor de los peligros había pasado. Diez horas después, desembarcaba en el aeropuerto de Barajas en Madrid. A pesar de sentirme muy débil, tuve que hacer un esfuerzo inmenso por caminar en el terminal como si mi cuerpo era dueño de todos sus ímpetus. No debía levantar sospechas en los funcionarios españoles de migración. La carga había llegado sin contratiempos a la capital de España, que según el jefe, era su niña mimada de Europa. Más de un millón de españoles demandaban asiduamente la mercancía cada año y la organización, decía el jefe, era un importante proveedor de ese mercado.
            Unos meses antes de ese viaje, la empresa donde trabajaba cerró sus puertas. Sus directivos decidieron establecer las operaciones en Colombia, donde al parecer, los costos de producción eran menores y por ende, las ganancias podían ser mucho más elevadas. Eso fue lo que dijeron. ¿Verdad? ¿Mentira? Únicamente ellos lo sabían. Lo cierto es que miles de trabajadores quedamos en la calle y a partir de ese momento, la búsqueda de un nuevo empleo se convertía en un auténtico vía crucis. Pasé a formar parte de esa legión de venezolanos cada vez más creciente, con un título universitario pero sin especialización de ningún tipo; que para los departamentos de recursos humanos, o estamos muy cualificados para un puesto o sencillamente nos falta la bendita maestría. Son tiempos, en los que para ser analista de cualquier cosa, debes tener postgrado en lo que sea y para ser vendedor de una tienda, un grado universitario completo es motivo suficiente para que no te llamen a una entrevista. No parece haber términos medios. Los tiempos cambian, sin duda. Ser licenciado hoy, es el equivalente a ser el bachiller de ayer.
Durante los primeros meses, logramos sobrevivir con el sueldo de Juliana y el que fue mi último pago, una no muy larga suma de conceptos laborales multiplicados por días prorrateados. Pero cuando la liquidación se evaporó como lo hace el agua del mar ante los efectos de los rayos de sol, mantener la casa empezó a hacerse cuesta arriba. Después de enviar cientos de currículos y tras meses esperando una llamada que me hiciera salir corriendo a ponerme la chaqueta negra y la corbata azul, finalmente me contactaron de una empresa de telemercadeo para vender paquetes turísticos. Estuve allí un mes. La empresa no pagaba sueldo base, sólo comisiones y trabajaba ocho horas, de lunes a domingo, con un día libre a la semana. Durante ese mes no logré concretar una sola venta, no tanto por ser mal vendedor, sino porque la gente no es muy confiada a la hora de dar sus datos de las tarjetas de crédito a desconocidos y mucho menos, cuando ese extraño los contacta sin poder explicar de qué fuente obtuvo la información. Además, intenté hacer tortas, aprovechando una habilidad que había heredado de mi madre, pero las tendencias lights me sabotearon el negocio.
            Unas semanas después del intento fallido de vender paquetes turísticos, a la casa llegó una correspondencia del banco. Uno de esos sobres, más temido que un paquete con una bomba casera o esporas de ántrax. Nos habíamos retrasado en el pago de la hipoteca y el departamento de crédito quería conversar con nosotros. Fui al banco y después de una conversación amenazante, llegamos a un acuerdo de pago. Tan sólo tenía sesenta días para juntar unos cuantos miles de bolívares. Insistí con el envío diario de hojas de vida y el comprar todas las mañanas el periódico, se convirtió en una actividad recurrente y habitual, tanto como alimentarme, ir al baño o tener fantasías sexuales. Fue una de esas mañanas cuando vi el anuncio en el periódico. Era pequeñísimo y realmente no decía mucho. Si quieres ganar mucho dinero, llama al 0555-6352698. No se necesita experiencia. Altos ingresos garantizados. Viajes internacionales. Yo tenía pasaporte, aunque nunca lo había usado. No tenía ninguna visa en todo el documento. Durante mis días de estudiante, el dinero únicamente me alcanzaba para costear los estudios y de empleado, las quincenas se diluían entre los pagos del carro, las cuotas del apartamento, el mercado y el pago de los servicios básicos. 
            Llamé al número escrito en el anuncio y me atendió una señorita con una dicción excelente, como de comercial de televisión. Me hizo algunas preguntas e indicó que el gerente me esperaba al día siguiente a las diez de la mañana. Debía llevar mi hoja de vida actualizada. Pensé que se trataba de ventas, a fin de cuentas, eran esas las ofertas que inundaban cuál aguas desaforadas, los anuncios de prensa y las páginas de búsqueda de empleo por internet. Venda paquetes administrativos. Venda espacios publicitarios. Venda condones. Y lo peor de todo es que entre los requisitos te exigen que seas especialista y hables inglés, para pagarte cuando mucho dos sueldos mínimos. No sabía que ese en particular, era un anuncio para vender el alma.
Llegué puntual a la cita. Ni un minuto más, ni un minuto menos. La secretaria solicitó mi hoja de vida y se la entregué. Ubicada en La Castellana, una zona muy exclusiva de Caracas, estaba la oficina; en el piso diez de un edificio que lleva el nombre de una importante entidad bancaria. Era pequeña pero lo suficientemente lujosa como para dar una buena primera impresión a los visitantes. Piso de mármol, asientos negros de buen cuero y las paredes cubiertas de lustrosa madera de nogal; engalanaban todo el salón de recibo. Unos minutos más tarde, el jefe me recibía en su despacho. 
            El jefe, un hombre de unos cuarenta años, dueño de una gran barriga que no le restaba elegancia a su andar, estaba muy bien vestido; con ropa, zapatos y reloj de marcas reconocidas. Me preguntó si era ambicioso y cuánto quería ganar. La indagación me sorprendió. No es común que en una entrevista de trabajo te pregunten de entrada, cuánto quieres ganar. Esperaba preguntas más sosas cómo: cuéntame sobre tus empleos anteriores, háblame de un logro laboral importante o nómbrame tus tres animales favoritos en orden de preferencia. A pesar de la extrañeza que me causó la pregunta, respondí. Me gustaría ganar lo suficiente como para poder pagar unas cuantas deudas, dije sin vacilar. Me habló de la empresa. Era una organización recién instalada en esa oficina, que se encargaba de transportar mercancías a distintos lugares del mundo y por ello pagaba excelentes comisiones. Cuando pregunté de qué tipo de mercancía se trataba, me contestó que antes de la respuesta, debía saber que ya todos mis datos estaban en los archivos de la organización y que de ese momento en adelante, la conversación se tornaba absolutamente confidencial. Si yo los denunciaba, tenían mi dirección para ir a buscarme y el poder necesario para acabarme en cuestión de segundos. Me habló del mercado del producto y de los proveedores. Dijo que en el país se debían aprovechar las ventajas de ser el vecino cercano del mayor productor del mundo y de contar, con una ubicación geográfica estratégica y envidiable para la distribución en los mayores centros de consumo, principalmente Estados Unidos y Europa. Fue entonces cuando me dijo que a los pedidos provenientes de Estados Unidos y España, se les brindaba un tratamiento preferencial. Con esos países se tenían las mejores relaciones comerciales. El primero, es el mayor demandante de la mercancía en el mundo y el segundo, el mayor de toda Europa. La posición estratégica del país no la tiene ningún otro de América Latina, repitió. Los riesgos eran altos pero los beneficios de alguna manera los compensaban. Podía ganar con un sólo viaje unos cuantos miles de dólares, que convertidos a bolívares, eran buenos para empezar a pagar las deudas. Recordé en ese momento las palabras de algún profesor de economía, quien decía que los agentes económicos compensan altos riesgos con actividades que generan grandes rendimientos.
            Lo cierto es que salí de la oficina con una propuesta concreta por primera vez en muchos meses. Los empleados estaban todos en misiones y tenían otras programadas al regresar. El jefe me dijo que la organización contaba con nueve distribuidores, quienes se encargaban de llevar la mercancía a cualquier parte del mundo donde esta fuese solicitada. En ese momento, un pedido para España esperaba por distribuidor. Si yo quería, podía hacer esa entrega. El boleto de avión, así como el resto de los gastos y una estadía de tres días, corrían por cuenta de la organización. Tan sólo tenía dos días para pensarlo.
            Me fui a la casa y la propuesta no se me quitó de la cabeza ni por un minuto en todo el camino de vuelta. Se metió en mis pensamientos más profundos y me acompañó en el ascensor mientras bajaba de la oficina, en el Metro y en la panadería donde me tomé el café de media mañana, acompañado por mi soledad. Yo fui formado en una familia con valores, en la que mamá nos enseñó a distinguir entre lo bueno y lo malo. Entre lo correcto y lo incorrecto. Estaba seguro, más que eso, convencido de que aquello no era bueno y que si decidía dar ese paso, no habría vuelta atrás. Sabía que si entraba a ese lado oscuro, retornar a la luz sería imposible. Calculadora en mano, saqué cuentas. Las cuotas vencidas de la hipoteca las podía pagar con la comisión e incluso podía amortizar algunas cuotas del carro. Sencillo. Lo pragmático iba ganando en la balanza donde competía con lo moral.
            Mi vida de pareja también se estaba tornando monótona; más que monótona, fría, helada a modo de un iceberg del Ártico. El sexo con Juliana cada vez era menos frecuente. Las preocupaciones se acumulaban en nuestras mentes durante el día y al llegar la noche, se convertían en un muro infranqueable que impedía que nuestros cuerpos se fundieran en el placer de la pasión. Ella no me lo decía, pero era obvio que se sentía agobiada con la situación. Era el sostén de la casa gracias a su empleo y sé que el verme disminuido, desempleado y agobiado por las deudas, de alguna manera le perturbaba. No importa lo que pase, la sociedad está diseñada para que los hombres proveamos lo necesario a nuestras familias y a nuestras mujeres y está así, encriptado como un microchip en la mente de todos. Yo tampoco me sentía bien conmigo mismo. La vida estaba perdiendo su sentido. No sólo mi relación de pareja estaba deteriorándose. Ya ni mis amigos me llamaban. Los amigos, buenos o malos, no quieren gente sin dinero, eso es así. Lo decidí. España esperaba por mí. Por mí y por la mercancía. Sobre todo por la mercancía.
            Antes de partir por primera vez, debía entrenarme. No sólo se entrenan los jugadores de la Vinotinto antes de partir a un encuentro internacional. Cada oficio tiene sus intríngulis y el que yo estaba a punto de ejercer no era la excepción. Así como un futbolista no mete goles sin práctica, no puede alguien transportar la mercancía sin entrenamiento. El traslado de la mercancía tiene sus propias reglas y es preciso conocerlas en detalle, para no cometer errores que la pongan en peligro. La preparación comenzó el mismo día que regresé a la oficina con la respuesta, muy temprano en la mañana. Por teléfono no se conversaba absolutamente nada, eso había quedado claro desde el primer día. Antes del viaje, debía suprimir de mi dieta las harinas y el licor. Me limité a no cuestionar y acaté la instrucción como una verdad irrefutable, como buen católico. Al tercer día de entrenamiento, empezaron a darme pequeñas peloticas de leche en polvo, envueltas en la punta de guantes para cirugía. Poco a poco, decía el jefe. Al principio, las vomitaba y las nauseas eran terribles, pero ya al final de la práctica, pude ingerirlas sin mayor problema. Realmente lo más complicado del proceso es la expulsión de la mercancía. Eso definitivamente cuesta más.
            Dos días antes del viaje, me embargó una duda. Me había dicho el jefe que por la premura, no podría ver una fase del entrenamiento. La parte que no podía darme era la de la visita al aeropuerto. Fue en ese momento cuando pregunté cómo debía actuar para no llamar la atención de las decenas de oficiales de seguridad que patrullaban el recinto. A la mayoría de los que hacen este trabajo, las autoridades los detienen por no saber comportarse. Con normalidad, como si en tu estómago sólo llevaras la merienda de la tarde, me respondió. También me dijo que no tenía motivos para preocuparme, yo llevaría el mayor cargamento y para despistar, delatarían a un  anzuelo, alguien que llevaba una menor cantidad de mercancía, quizá unos cincuenta gramos. Eso haría que la seguridad del terminal aéreo estuviese concentrada en él, disminuyendo las presiones sobre el resto de los viajeros. Ya en ese momento había entrado al lado oscuro. No me importaba que otra persona fuese aprehendida por los efectivos de seguridad y enviada a la cárcel. Únicamente me importaba cobrar el dinero suficiente para seguir con mi vida. En Barajas, un funcionario policial vinculado con la organización, estaría de guardia al momento de mi llegada. En ese momento entendí que las organizaciones tras la mercancía son como un inmenso pulpo de mil tentáculos que intentan controlar al mundo, con sus extremidades llenas de billetes verdes que alimentan en todas partes la corrupción y la complicidad de mucha gente.
            El viaje fue demasiado estresante. Durante el vuelo no se puede comer, so pena de poner en riesgo la mercancía o la propia vida. Si bien la mercancía da una sensación al cuerpo de no tener hambre, realmente el organismo pasa horas sin alimentarse; consumiendo sus propias reservas de grasas, proteínas y azúcares. Durante el periplo a Madrid, mientras sobrevolaba el Atlántico, toda la comida que me fue servida en el avión, la deposité muy discretamente en una bolsa que llevaba en el bolso de mano y luego, con mayor prudencia, me deshice de ella. Así no despertaba sospechas en la tripulación. Eso lo aprendí en los días de práctica.
            Al regresar de España, pude pagar algunas deudas con lo que cobré como comisión por la entrega. Pero a pesar de sentirme más tranquilo por no estar en peligro de perder mi casa, la conciencia empezó a molestarme. Mamá hizo un buen trabajo, sin duda. No había evitado que entrara en el negocio, pero estaba a punto de hacerme salir. ¿A cuántos niños les venderían unos gramos de la mercancía?, ¿cuántos crímenes se perpetrarían bajo sus efectos?, ¿cuántas mujeres serían atacadas sexualmente por hombres que la hubiesen consumido?, ¿qué cantidad de consumidores morirían por alguna sobredosis? Esas preguntas sin respuesta empezaban a aturdir mi mente. La angustia por las consecuencias de mis actos no me dejaba dormir. Pero por otro lado, me inquietaba que Juliana y yo nos quedáramos sin un lugar donde vivir. Si dejábamos de pagar la casa, el banco ejecutaba la hipoteca y perderíamos todo el dinero que habíamos invertido; además, pagar un alquiler con lo que estaba ganando Juliana era imposible en una Caracas, donde alquilar un apartamento de sesenta metros cuadrados es un lujo que sólo se pueden dar empresarios, estrellas de la televisión o mafiosos de alto rango.
 Al retornar, después de hacer los pagos correspondientes, llegó la noche. Juliana me buscó en la cama. Hicimos el amor como nunca. No la recordaba tan apasionada, tan avasallante, tan sensual, tan activa, tan dadora de placer. Su boca buscó la mía con ímpetu y fue recorriendo mi cuerpo hasta llegar a mi falo erecto. Con cariño, la acosté y besé su boca con pasión. Jugué con mi lengua sobre sus pezones erguidos, mientras sus gemidos de placer se convertían en música que acariciaba mi golpeado ego. Después, descendí lentamente por su vientre. Luego de brindarle placer con mi boca y mis dedos, junté nuestros sexos. Comenzamos la cabalgata desenfrenada de dos seres que se aman y se gustan. Por primera vez en semanas, hacíamos el amor. 
            El negocio es complejo. Complejo, injusto y riesgoso. Visto desde afuera, como lo veía yo cuando lo más cerca que estaba de él, era por las noticias de las páginas de sucesos de los periódicos o los informes de los reporteros en cualquier ciudad de México; era como algo lejano, como un extraño que nunca va a llamar a tu puerta. Pero cuando lo miras desde adentro, una vez que dejaste entrar al desconocido a casa, la visión es totalmente distinta. Rápidamente caí en cuenta de que yo no era más que un simple medio de transporte, como un camión, un barco o un avión, al que se le paga un flete por trasladar unos cuantos gramos de la mercancía. No importa lo que le pase al medio, lo importante es que la mercancía llegue a donde tiene que llegar. Al principio creí que me habían pagado bien, pero pronto me di cuenta de que yo no llegué a cobrar quizá, ni el cinco por ciento de lo que costó el cargamento que trasladé. Es un negocio que mueve miles de millones de dólares en todo el mundo y quienes hacemos esto, apenas si cobramos una ínfima parte del valor de la carga.
            Antes del viaje a Buenos Aires le comuniqué al jefe mi decisión de hacer un sólo viaje más. La conciencia me carcomía la cabeza como un ácido corroe un metal. Me respondió que eso era imposible. Al negocio no se renuncia, me dijo. Quien trabaja para él, es muy distinto de aquel que trabaja para un banco, que puede renunciar cuando ya no se siente a gusto, cuando consigue algo mejor o cuando el jefe le obstina la paciencia. Del negocio sólo se sale muerto, replicó jocosamente, pero yo entendí de inmediato sus palabras. Es peligroso dejar ir a alguien de un negocio tan lucrativo pero al mismo tiempo tan riesgoso. Una vez que esa persona sabe nombres, direcciones, contactos y modus operandi, bien puede intentar hacerse de una parte del negocio, con lo cual los demás involucrados ven reducidas sus ganancias o sencillamente puede buscar a la policía. Por eso es que hay tantas muertes en el mundo vinculadas a la mercancía. La pelea por el control de los mercados y por la distribución de los beneficios es a sangre y fuego, a muerte. Sí, salir del negocio era imposible. Dijo que si quería terminar con la organización, debía tomar un poco del licor que servían en los aviones.
            En el momento en que decidí transportar la mercancía, únicamente pensé en las causas que me llevaron a escoger esa opción y la verdad es que no tuve más alternativas entre las cuales zanjar. Si me retrasaba con un pago más, el banco ejecutaba la hipoteca que pesaba sobre la casa, así de sencillo. Juliana estaba distante, lejana, como decepcionada de tenerme a su lado. Mis amigos ya no me llamaban y yo me sentía inservible. Jamás pensé en las consecuencias, ni para mí, ni para los demás. Pero desde el momento en que me convertí en eso, mi esposa dormía con un delincuente, ni más ni menos, en eso me había convertido, en un bandido, en uno más de la cadena. Un facineroso a quien el Estado persigue y en quien gasta cantidades tremendas de dinero. La gente no lo sabe, pero la mercancía, esa obra del diablo y sus demonios, genera costos inmensos en todas partes.
            Muy temprano en la mañana, antes de partir a Argentina, fui a la oficina y empecé a ingerir los dediles que debía entregar. Me tocaba transportar dos kilos y medio de mercancía, distribuidos en sesenta pequeñas bolsitas de unos treinta gramos cada una. Era un viaje más corto, de unas siete horas. El vuelo estaba previsto para las tres de la tarde y llegué al aeropuerto de Maiquetía, faltando media hora para la una. Caminé como si nada, como un ciudadano normal, con tranquilidad. Disimulando como un actor ganador de Oscars, el miedo y el terror que aquel tránsito me producía. Era como un gusano intentando sortear los picos de las gallinas en el gallinero. Hice todos mis trámites y antes de abordar el avión de Aerolíneas Argentinas, un efectivo de seguridad se me acercó. Me preguntó si me sentía bien. ¿Qué había fallado?, pregunté a mis adentros. Respondí sin titubear, que sí, que todo estaba en orden. Me miró con cierta sospecha por unos segundos y al final, me deseó un buen viaje. A pesar de que el pánico me recorría las venas como un veneno inoculado por una serpiente venenosa, no me permití fallar. Actuar con naturalidad era la regla y la cumplí a cabalidad. Siete horas después aterrizaba en el aeropuerto Ezeize de la ciudad de Buenos Aires.
            A mi llegada al país del tango, de Juan Domingo y Evita Perón, el contacto me dirigió al hotel en el cual me hospedaría y donde al cabo de unas horas entregaría la mercancía. La totalidad la entregué casi al amanecer, luego de varias horas de afanoso trabajo. El proceso de expulsión me cansó muchísimo. Terminé la entrega sin fuerzas, así que decidí tomar una siesta por unas horas para reponerme y luego salir a conocer un poco la ciudad.
            El hotel quedaba a pocas cuadras de la 9 de Julio, la que según algunos es una de las avenidas más anchas del mundo. Yo no lo sé. No había visto muchas otras. Lo que si sé, es que me sorprendió con sus catorce canales de circulación y rodeada a ambos lados de frondosos árboles de un verdor magnífico. La temperatura estaba genial, rondaba los trece grados. El Obelisco que adorna la avenida y que emerge imponente entre su centro, es un espectáculo que estaba obligado a disfrutar. Al anochecer, tomé un taxi hasta la avenida Mayo 829 y llegué al célebre Café Tortoni. Mi contacto me lo había recomendado como lugar ineludible para visitar durante lo que me quedaba de estancia. El anuncio de letras rojas en fondo blanco sobre la fachada estilo art nouveau, invitaba a entrar para escuchar un poco de tango entre sus paredes cubiertas de madera y disfrutar de sus suculentos platos. Me salí de la obligada dieta del oficio. Comí un bife de chorizo con ensalada, acompañado de un buen tinto argentino. De postre, pedí una torta de manzana caliente con helado y lo acompañe con el mejor café vienés que me tomé en la vida. Al terminar, compré un juego de tazas de porcelana para Juliana, decoradas con el nombre del famoso café. La mercancía deja sus beneficios, sin duda. En otras circunstancias no hubiese podido pagar un viaje así. Si la conciencia no me hubiese molestado tanto, casi como un clavo dentro del zapato, tal vez hubiese asumido el riesgo un par de veces más.    
            Al regresar, cobré por ese transporte un poco más de lo que había cobrado por el primero. Hice que Juliana abriera cuentas en varios bancos para no depositar de golpe todo el dinero en la misma, evitando levantar sospechas por eso de la legitimación de capitales, aunque la verdad es que hasta la gasolina con la que había llenado el tanque del auto, fue pagada con dinero producto de la venta de la mercancía. Pronto esas monedas pasaban a circular sin dejar ningún tipo de rastro y cualquiera, sin sospecharlo siquiera, las tenía en su cartera, para después dejarlas de propina en cualquier restaurante. Lo cierto es que ese dinero después que entra a circular en la economía, pasa de mano en mano como una puta de las baratas. Juliana me preguntó otra vez qué era eso tan valioso que transportaba la empresa para la que trabajaba y tuve que repetir nuevamente la historia de que era una organización que transportaba antigüedades muy costosas a diversas partes del mundo. Yo sabía que ella sospechaba, pero nada podía hacer. Ya yo tenía un plan trazado. En vista de que no me podía retirar del negocio, sí podía desaparecer sin dejar rastro. Luego de unos viajes más, tendríamos ahorrado suficiente dinero como para empezar una vida nueva en otro lugar. Escaparíamos sin dejar huella. Bueno, eso era lo que yo pensaba. Sabía que para Juliana no sería fácil separarse de su familia, como para mí tampoco lo sería hacerlo de mis padres, hermanos y sobrinos. Pero los errores se pagan y ese era el precio que yo debía pagar por haberle vendido el alma al diablo, que quizá es el único que disfruta, que se regocija viendo al mundo revuelto por culpa de la mercancía.
            El tercer viaje debía hacerlo a un país, donde un kilo de la mercancía al por mayor puede costar más de setenta mil dólares. Grecia me esperaba. El precio de la mercancía depende entre otras cosas del nivel de pureza y según el jefe, la que comercializaba la organización era de las mejores del mundo. Allí, un contacto de habla castellana me esperaba para hacerle la entrega. Era el viaje más largo y por tanto más riesgoso. Doce horas de vuelo más una parada de cuatro horas en el aeropuerto de Barajas, me separaban de una comisión bastante atractiva. Unos días antes fue noticia el asesinato de más de veinte personas en Ciudad Juárez, supuestamente miembros de un cártel. Sentía que faltaba poco para poder desaparecer y dejar de hacer tanto daño a otros. La noche anterior hice el amor con Juliana. El sexo era cada vez más intenso. Nuestros cuerpos se fundieron en una exaltación avasallante y danzaron al ritmo de nuestras ganas desbordadas. Si no podía salir del negocio, debía hacer suficientes viajes como para poder hacer una buena cantidad de dinero antes de desaparecer. Pero pronto descubrí que el destino tenía otros planes.
            Cuando el avión tenía unas tres horas de vuelo, empecé a sentir un dolor insoportable en el abdomen. Nada comparable a cualquier otro malestar abdominal que hubiese sufrido antes. Una molestia incluso peor que la producida por la inflamación del apéndice, dolencia que me había llevado al quirófano unos cuantos años atrás. Procuré disimularlo, pero las inconscientes maniobras del cuerpo en busca de una posición que le permitiera sentirse mejor, llamaron la atención de mi compañero de asiento, quien enseguida llamó a la azafata. De mi boca empezó a brotar un líquido como blancuzco. Segundo a segundo, de mi cuerpo se escapaban las fuerzas necesarias para mantenerme con vida. Las palabras de mi jefe vinieron a mi mente como un atroz epitafio. Del negocio sólo se sale muerto. De seguro algún dedil se había roto. Sí, eso era. A miles de metros de altura, mi vida se extinguía con el paso abrumador de los segundos. Son tan lentos para hacer una hora y a la vez tan rápidos para acercar inexorablemente a la muerte. Sí, le había vendido el alma al diablo y éste estaba pasando la factura. Estaba próximo a pagar con mi vida unas cuotas de la casa, unos giros del carro y las estancias en Madrid y Buenos Aires. Mientras mi pulso se hacía cada vez más lento, me arrepentí de verdad, pero ya era muy tarde. Casi no podía respirar. Estaba muriendo. La mercancía me tenía tan sólo a un paso del final…
              

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