martes, 30 de agosto de 2011

El mercado... de solteros


Francia y Gustavo se conocieron bajo el cielo de la Universidad Central de Venezuela. Ella, una morena exquisita de 19 años, cursaba el séptimo semestre de Sociología. Él, un guapo moreno cursante del cuarto semestre de Estudios Internacionales. Sus miradas se cruzaron por primera vez quizá en el ascensor, las escaleras o el cafetín de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Eso es realmente lo de menos.

Ya se habían observado varias veces, como simples productos en el supermercado; a fin de cuentas, pertenecían a un mercado, al mercado de solteros. Y como todo producto en el mercado, debían mostrarse y hacerlo bien. Así como nadie compra la lata de atún abollada, la bolsa de azúcar rota o la manzana podrida; en el mercado de solteros, difícil es que alguien que no muestre lo que la naturaleza le dio o la ciencia le puso, sea “comprado”. Así es que Francia y Gustavo entendiendo este axioma fundamental del mercado, pusieron manos a la obra. Ella arreglaba a diario, con suma paciencia su frondosa cabellera; cuidaba que su maquillaje estuviese perfecto, combinaba sus largas faldas con tops de colores que le imprimían un estilo definitivamente único. Él por su parte, aumentaba sus minutos de ejercicios para que sus músculos se vieran día a día mejor y por supuesto, cuidaba muy bien la selección de su ropa, para realzar sus atributos.

Así las cosas, dos agentes del mercado de solteros, tenían necesidades parecidas. Necesidad de compañía, de sentirse queridos, de sexo y tal vez hasta de cierto compromiso. Postrero al abordaje inicial; empezaron las llamadas, los mensajes de texto (aún no existía Facebook ni Twitter), las salidas al cine, las escapadas a comer, los primeros besos y caricas; además de otras demostraciones de interés. Ya en este punto, dos personas que servían a la misma de vez de oferentes y demandantes de compañía, afecto, sexo y pare usted de contar, habían cubierto algunas de sus necesidades iniciales. Lo que se supone que debía pasar en este mercado, como ocurre en el de bienes y servicios, es que una vez que el producto es adquirido, o sea, fue efectivamente demandado, este no debería entrar al mercado ni a ofertarse ni a demandar, porque estaría siendo infiel a su pareja. Sin embargo, esto no es lo común.

Cuatro años duró la historia perfecta de Francia y Gustavo. No vivían juntos, pero se veían y compartían a diario. Constituían una fuente de envidia para todo aquel humano promedio cuya multitud de relaciones terminadas, promediaban un tiempo de entre seis meses y un año. Una tarde, Francia descubrió unos mensajes extraños en el celular de él. El descubrimiento la llevo a convertirse en hacker por un día y revisó la cuenta de correo electrónico de Gustavo. La bandeja de entrada y salida no mentían, Clarissa era la remitente y destinataria más común. Los mensajes no dejaban lugar para las dudas. ¿Infidelidad? Sí. Pero se trata de algo más. Gustavo había decidido entrar nuevamente al mercado a demandar algo más y Francia pronto estaría de vuelta entre tanta oferta y demanda. A fin de cuentas, aquí, allá y más allá y para todo, el beneficio personal es lo que cuenta.

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