jueves, 28 de julio de 2011

EL DESASTRE COMO POLÍTICA DE ESTADO


La hecatombe política, social, jurídica, económica y cultural que vive hoy por hoy nuestra patria querida, no es obra del azar o la casualidad. El propósito de los dirigentes políticos actuales, consiste en actuar como las diez plagas de Egipto; destruyendo todo a su paso y dejando en tierra únicamente, algunas rodillas.

Desde que este gobierno está en el poder, desgraciadamente hace ya once años, la lista de destrucciones avanza sí, a paso de vencedores. Han destruido la convivencia ciudadana pacífica y el respeto por las creencias de los demás. Han acabado con el sector eléctrico nacional. Han destruido la independencia de los poderes público así como relaciones diplomáticas de larga data y mutuamente beneficiosas. Han destruido la industria y el comercio. Han acabado con el Metro de Caracas, otrora símbolo de orden. Han destruido canales de televisión y emisoras de radio. Han echado a menos la industria siderúrgica nacional. Han destruido Petróleos de Venezuela. Han destruido la economía. Han destruido la cultura. Han tirado por el piso la confianza de los venezolanos en sus instituciones. Han destruido la salud. Y quizás lo más importante que han destruido, ha sido la hermandad que unía a los venezolanos sin distingo de raza, sexo, religión o cultura. La lista bien podría continuar, el hecho es que mi propósito no es hacerla tan extensa.

No parece entonces posible que ante tantas instituciones importantes destruidas, la fuerza que provoca tal desastre sea aleatoria. La fuerza que mueve el caos, la destrucción y la maldad; camina con guardaespaldas por los pasillos de muchas instituciones públicas del país. No se trata solo del presidente de la República, se trata también de ministros, diputados, militares, entre otros; quienes han hecho del desastre su política de Estado.

Carlos Marx, ese pensador alemán coautor del Manifiesto Comunista, no teoriza sobre la paz para llegar al comunismo. Por lo contrario, el Manifiesto Comunista es un pasquín lleno de odio y violencia, donde se supone la violencia y el desastre como medios para alcanzar los objetivos de una sociedad comunista. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels mencionan lo siguiente:

“… esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción, por medio de medidas que, aunque de momento parezcan económicamente insuficientes e insostenibles, en el transcurso del movimiento serán un gran resorte propulsor y de las que no puede prescindiese como medio para transformar todo el régimen de producción vigente.
1.a Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos.
2.a Fuerte impuesto progresivo.
3.a Abolición del derecho de herencia.
4.a Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes.
5.a Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y régimen de monopolio.
6.a Nacionalización de los transportes.
7.a Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo.
8.a Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, principalmente en el campo.
9.a Articulación de las explotaciones agrícolas e industriales; tendencia a ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad.
10.a Educación pública y gratuita de todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las fábricas bajo su forma actual. Régimen combinado de la educación con la producción material, etc.

Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté concentrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político. El Poder político no es, en rigor, más que el poder organizado de una clase para la opresión de la otra. El proletariado se ve forzado a organizarse como clase para luchar contra la burguesía; la revolución le lleva al Poder; mas tan pronto como desde él, como clase gobernante, derribe por la fuerza el régimen vigente de producción, con éste hará desaparecer las condiciones que determinan el antagonismo de clases, las clases mismas, y, por tanto, su propia soberanía como tal clase.

Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos.”

Como se observa, el pensador que hoy cita Chávez, menciona en el pasquín antes mencionado, que los objetivos comunistas solo pueden ser alcanzados con medidas despóticas; palabra que es sinónimo de arbitrarias, dictatoriales. Aplicado a nuestros tiempos las medidas siguen siendo igual de desastrosas en sus consecuencias. Lo que cambia del manifiesto en nuestros tiempos, es el orden en que suceden los acontecimientos. Quizá estemos por ver una cadena donde Chávez cambie el nombre de la revolución “bolivariana” por revolución del proletariado, donde por supuesto él es el líder, llegando al poder para destruir a la burguesía. Sólo se le escapa al presidente una perla, las clases sociales no han desaparecido, siguen existiendo los “proletarios” y la rancia burguesía es sustituida por la nueva boliburguesía.

El comunismo es imposible, pero la loca idea de su viabilidad atormenta aún a algunas mentes dormidas en el siglo XIX. Lo que si no es imposible es recorrer el camino a lo imposible, que es lo que hoy hacemos los venezolanos. Y ese largo y tortuoso camino, amerita del desastre y la anarquía como política de Estado.

Nota: Este texto fue escrito hace más de un año, sin embargo, mantiene una vigencia notable al día de hoy.

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