jueves, 24 de febrero de 2011

Crónica de una economía enferma


El viernes pasado, quien suscribe, antichavista confeso y anticomunista declarado; tenía que comprar algunos productos para hacer una torta. Acudí a dos supermercados en el municipio Chacao y en ambos se repitió la dolorosa historia. Azúcar, leche en polvo, harina de trigo y margarina brillaban por su ausencia en dichos centros de abastecimiento. La oferta no alcanza para cubrir la demanda del país. Sentí una indignación superlativa cuando recordé al presidente Chávez en alguna de sus múltiples cadenas, hablar de lo bien abastecido de alimentos que está nuestro terruño. Me provocó tomarme una foto con mi cara de “felicidad” número diez y enviársela al comandante a su cuenta en Twitter. ¡Para el caso que le iban a hacer a una foto de un “disociado” que no vive la realidad “real” –la oficial- sino la realidad que me imponen los medios! Terminé comprando en una bodega, un kilo de harina de trigo en 8 Bs y un pote de margarina en 6. ¡Que viva la Revolución, porque claro, yo estaba soñando! Eso no lo vive nadie más.
La semana pasada, el Banco Central de Venezuela publicó la variación del Índice Nacional de Precios del Consumidor. El mencionado índice registró durante el mes de enero del presente año una variación de 2,7%, una cifra cercana a lo que fue la inflación acumulada de Chile (3%) y Colombia (3,17%) durante todo el año 2010. Esto quiere decir, en dos platos, que el poder adquisitivo tuyo, mío y de toda víctima de la revolución bolivariana se va al mismísimo subsuelo en un mes lo que en otras latitudes tarda un año. Como diría una querida tía cuando algo la sorprende: ¡Gran poder de Dios!
Según cifras de la CEPAL, para el año 2009 los principales receptores de inversión extranjera directa (IED) en América Latina fueron Brasil, Chile y Colombia. Para ese mismo año Venezuela registró un saldo de -3105 millones de dólares. Un estudio menciona que “aunque el país anunció importantes proyectos de inversión, fundamentalmente en el sector petrolero, estos resultaron insuficientes para compensar los egresos como consecuencia, entre otras variables de las nacionalizaciones… como la de la filial local del Banco Santander”. El tema de la inversión extranjera no solo es preocupante por los saldos que registra, sino también porque esa tendencia no parece ser reversible en el corto plazo mientras la institucionalidad venezolana se encuentre comprometida con el proceso que encabeza el señor Chávez. Mientras los potenciales inversores no sientan seguridad en que las instituciones venezolanas garanticen sus intereses y procesos judiciales en igualdad de condiciones, sencillamente no invertirán en el país. Habría que estar demente para hacerlo. Y si no, pregúntese si usted siendo dueño de un determinado capital, lo trasladaría a un país donde en cualquier momento, dependiendo del estado de ánimo del presidente, le pueden declarar su empresa de utilidad pública, quitársela y pagársela cuando les de la gana.
Mientras no haya inversión privada, solo habrá dos cosas, más desempleo y menos productos en el mercado. No hace falta explicar mucho que la inversión genera nuevos puestos de trabajo en la medida en que se requiere capital humano para atender las demandas del capital. También esa inversión genera un mercado interno para los productos que de ella se derivan. Sin embargo, esta premisa económica básica no parece entenderla las mentes comunistoides que nos gobiernan.
Es bastante sencillo. Suponga que un terreno que usted cultiva es un país y lo llamamos “País Mío”. Es muy probable que todos los bienes que usted y su familia (los habitantes de País Mío) necesitan para vivir no pueda obtenerlos todos a partir del trabajo que realiza en País Mío; bien sea por el clima, por el tipo de tierra o porque no tiene los medios necesarios para hacerlo. Si esto es así, usted deberá acudir a otro país a comprar aquello que le hace falta o a buscar un inversor que le ayude. El inversor solo irá a País Mío si tiene la garantía de que su inversión será respetada. La llegada del inversor ayudará a la creación de un nuevo bien, que antes por falta de capital no podía producirse y este nuevo bien requerirá, quizás, gente para su producción. Si el dueño de País Mío se niega a recibir inversión extranjera porque debe proteger a su tierra de un “enemigo” foráneo, su economía queda a merced de lo poco que el país pueda producir. La oferta de bienes se mantiene así en una cantidad menor a la potencial.
Oferta insuficiente, demanda no atendida, inflación y escaza inversión extranjera son síntomas de una economía enferma y en el caso venezolano de gravedad. Todo aquel que pasa por el primer semestre de una escuela de Economía sabe que aunque los equilibrios no se alcanzan, hay que buscarlos y son precisamente las cercanías al equilibrio los síntomas de una economía sana. La economía no funciona reduciendo arbitrariamente ofertas ni ahuyentando a través del discurso a potenciales inversores. La economía funciona como un proyecto que engloba una cantidad gigantesca de variables de control: oferta, demanda, tipos de interés, tipos de cambio, etc. Lo cierto es y demostrado está, que administrar un país como si de una bodega se tratase, sin planes ni criterios de ningún tipo; solo lleva a enfermar el funcionamiento económico y a deteriorar la calidad de vida de los ciudadanos de ese país.
Sueño con el país que tuve de pequeño; ese país que con sus problemas, funcionaba. Ese país donde existía variedad en los supermercados. No sueño con el país político que le quitó las prestaciones a los trabajadores, pero creo que ese país aprendió la lección. Que cierto suena hoy ese dicho popular que reza, éramos felices y no lo sabíamos.

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